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María de Magdala: el vínculo que libera y hace historia


«Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y anunciando el Evangelio del Reino de Dios, y los doce con él, y algunas mujeres que habían sido sanadas de espíritus malos y de enfermedades: María, que se llamaba Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Chuza, intendente de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían con sus bienes.» (Lucas 8,1-3).


Cada 22 de julio celebramos a María de Magdala, discípula de Jesús y primera testigo de la Resurrección. Durante siglos su memoria fue distorsionada y silenciada. Sin embargo, los Evangelios nos muestran otra historia: la de una mujer transformada por el encuentro con Jesús, que deja atrás el lugar de la exclusión para convertirse en protagonista del anuncio del Reino.


Lucas nos presenta a María entre las mujeres que caminaban junto a Jesús. No iban detrás ni eran espectadoras. Eran parte del movimiento que anunciaba el Reino de Dios. Habían recuperado su dignidad y respondían a esa experiencia poniendo su vida, sus capacidades y sus bienes al servicio de un proyecto de justicia, igualdad y fraternidad.

En una sociedad que confinaba a las mujeres al silencio y al ámbito doméstico, Jesús hizo algo profundamente revolucionario: habló con ellas, las escuchó, caminó con ellas, aceptó su liderazgo y las convirtió en interlocutoras privilegiadas de la Buena Noticia. Su manera de vincularse con las mujeres rompía las normas religiosas, sociales y culturales de su tiempo.


Por eso resulta imposible comprender a Jesús sin reconocer el lugar que las mujeres ocuparon en su comunidad. Y también por eso duele reconocer que, dos mil años después, las iglesias siguen estando demasiado lejos de su fundador. Allí donde Jesús derribó barreras, con demasiada frecuencia volvimos a levantarlas. Allí donde Jesús reconoció autoridad y dignidad en las mujeres, muchas veces las instituciones eclesiales respondieron con exclusión, silenciamiento y desigualdad.


El Evangelio de Juan nos regala otra escena decisiva. Frente al sepulcro vacío, María llora sin reconocer al Resucitado. Entonces Jesús pronuncia una sola palabra:


«¡María!»


Y ella responde:


«¡Raboní!» (Juan 20,16).


Ese diálogo revela mucho más que un reconocimiento. Habla de un vínculo profundamente humano, amoroso y liberador. Jesús la llama por su nombre. La reconoce en su singularidad. María responde desde la confianza construida en el camino compartido.


Como mujeres cristianas y feministas encontramos en ese vínculo una fuente permanente de inspiración. Porque sabemos que los vínculos transforman a las personas y también transforman la historia. Lo personal es político. Lo espiritual también lo es. Cada gesto de reconocimiento, de igualdad y de cuidado desafía las estructuras que producen exclusión.


María de Magdala sigue preguntándonos cuánto estamos dispuestas a dejarnos transformar por ese encuentro. ¿Nos animamos a seguir a un Jesús que continúa cuestionando privilegios, rompiendo jerarquías y poniendo en el centro a quienes fueron marginadas? ¿Nos dejamos llamar por nuestro nombre para responder con toda la vida?


Como Comunidad de Las Magdalenas queremos seguir caminando tras las huellas de aquella discípula que no abandonó la cruz, que fue la primera en anunciar la Resurrección y que nunca dejó de creer que otro mundo y otra Iglesia son posibles.


Que María de Magdala nos inspire a construir comunidades donde el Evangelio vuelva a tener rostro de igualdad, de justicia y de ternura. Porque la memoria de Jesús sigue viva allí donde las mujeres recuperamos nuestra voz, hacemos de la fe una práctica liberadora y seguimos anunciando, como ella, que la Vida siempre vence.


 
 
 

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